La cruda de talla mundial.

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 Dilma, decime que se siente…

Con excepción de la victoria alemana del día de ayer, la última presentación del Mundial de Futbol se distinguió por los fracasos. Hubo el fracaso de la selección Brasileña de llevarse la copa, dar un buen papel, o de al menos morir con honor; el recurrente fracaso de la selección Mexicana de llegar al quinto partido; el fracaso de Lionel Messi de ganar lo único que le faltaba para poder ser considerado entre los mejores jugadores de la historia; entre otros, pero sobre todo está el fracaso en la estrategia de la presidenta Brasileña Dilma Rouseff.

Días antes del comienzo del mundial, Dilma se imaginaba este lunes 14 de Julio como el día en que ganaría anticipadamente las elecciones presidenciales de Octubre, un Brasil campeón en su tierra hubiera sido suficiente para sofocar las protestas civiles que se han alzado en contra de su gobierno, o al menos hubiera logrado distraerlas por un rato. Un Brasil campeón del mundo en casa, y con la esperanza de ganar el único premio que le falta: la medalla de oro en el fútbol olímpico en Río 2016. Gran fiesta, ¡Y aún faltan las Olimpiadas!

Sin embargo, es evidente que el plan no salió según lo esperado, sino todo lo contrario; de manera similar a lo ocurrido en Sochi, Russia para las Olimpiadas de Invierno, el enfoque mundial sobre Brasil solo sirvió para exponer los graves problemas que enfrenta el país en todo ámbito. No hubo escasez de reportes de la prensa internacional sobre el mal estado de las calles, las acomodaciones, la gente y hasta los estadios, mismos que se derrumbaron o que ni siquiera pudieron terminarse antes del evento. El mito del despertar Brasileño que se venía cocinando desde tiempos de Lula da Silva había sido lanzado por la ventana, y Dilma estaba siendo abucheada en los estadios cada vez que aparecía en las pantallas.

Los encabezados del periódico para la próxima semana son bola cantada, primero “La Victoria Alemana”, seguido por “El Fracaso Brasileño”, para finalizar con “Lo que nos costó el mundial… ¡Y aún faltan las Olimpiadas!”.

Es una lástima que el pueblo brasileño haya tenido que pagar por esto, pero existe un fracaso que nos conviene a todos y que se suma a una línea de derrotas que a todos nos debería alegrar, el fracaso del populismo. El rechazo –por una sección considerable del pueblo-Brasileño al mundial -una frase que nunca creí escuchar- puede ser el primer paso para que el máximo evento del fútbol se una a la crisis que en este momento están pasando los juegos Olímpicos, tanto de verano como de invierno: ya nadie los quiere.

Ejemplo claro de esta crisis se aprecia en la selección de sede para los Juegos de Invierno 2022: Munich (Alemania), Davos y San Moritz (Suiza), Estocolmo (Suecia), Krakow (Polonia) y Lviv (Ucrania) -todas ellas buenas opciones-, han retirado su candidatura debido a mala recepción pública, resultando en una lista de candidatos que solo incluye a Oslo (Noruega), Beijing (China) y Almaty (Kazajistán), situación que empeora con los rumores del retiro de Oslo de la contienda.

Al observar el costo de los últimos juegos, no es sorpresa que se encuentren en esta situación ni parece ser un hecho aislado; en numeración americana, los juegos de Sochi reportaron un costo de 51 billones de dólares, sin lugar a duda un costo ridículo sólo explicable por la rampante corrupción y desperdicio que ya se hizo la especialidad del gobierno ruso.

Es importante considerar que el costo estimado para los juegos de Sochi fue poco más de 12 billones de dólares, lo que pone al descubierto la verdadera naturaleza de estos eventos: el clientelismo político, las Olimpiadas y los Mundiales de fútbol son oportunidades únicas para dar o devolver favores a ciertos sectores de la sociedad, en especial los constructores, hoteleros y los medios, todos siempre ligados con la clase política. Es por eso que es imperativo que el rechazo por estos eventos se siga desarrollando, en especial en los países “del tercer mundo” que son los más vulnerables a estos abusos, tanto la FIFA como el comité Olímpico tienen que verse forzados a moderar sus exigencias de infraestructura y aumentar el control de gasto para sus respectivos eventos.

Mientras tanto, me gustaría ver que los juegos sean concedidos a países con infraestructura y economía ya desarrollados, los Estados Unidos serían un gran candidato: sólo en el Estado de California podría celebrarse un mundial sin necesidad de gastos considerables en infraestructura; pero con las sedes para este tipo de eventos ya concedidas para el corto y mediano plazo, por lo pronto tendré que conformarme con saber que ni el mundial, ni las olimpiadas se aparecerán por México en un buen rato.

La FIFA tenía razón.

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“Infrastructructure… pero se entendió el inglish”

En menos de una semana nació y murió la controversia por los gritos de “puto” que ya nos hemos acostumbrado oír durante los partidos de la selección. La FIFA, paradójicamente aliada con grupos de derechos humanos, sostenía que la libertad de expresión termina donde empiezan los sentimientos de terceros, y por lo tanto buscaba abiertamente la forma de silenciar a esta ya tradición del fútbol mexicano.

Este hecho fue recibido con una negación casi unánime por el público en general, sólo salían en defensa de la FIFA contados “intelectuales” y demás personas demasiado sensibles o que les gusta llevar la contraria, se sentía un consenso en el rechazo de una magnitud mayor a cualquier votación política. Verdaderamente se podía decir que “el pueblo” había hablado: #TodosSomosPutos.

No tardaron en salir los hashtags, memes (macros), y razones para oponerse a la acción de la FIFA, después de todo, la palabra “puto” tiene más significados de los que se pueden contar sin tener lápiz y papel a la mano, pensar que la expresión estaba siendo usada como un insulto homofóbico necesitaba de ciertas maniobras mentales, en especial tratándose de una población mexicana que, aún sin quitarse la fama de machista, es cada vez más abierta y tolerante con la homosexualidad. Por otro lado muchos hacían notar la hipocresía en reprochar una falta tan tonta, al mismo tiempo que se nombraba a Rusia y Qatar como próximas sedes del mundial.

Y aún si tuviera razón la FIFA, y la afición mexicana de hecho le manifestaba de manera grosera en cada saque al portero de la selección contraria su desacuerdo sobre que agujeros del cuerpo humano son exclusivamente “de salida”, ¿Desde cuándo algo tan inconsecuente es suficiente excusa para limitar la libertad de expresión?

Ante semejante rechazo, la FIFA no tardó en desistir, citando razones que nadie se molestó en leer, puso fin a su cruzada políticamente correcta. La libertad de expresión había vencido.

¿Será?

Cómo pudieron adivinar por el título de este escrito, es mi opinión que la FIFA tenía razón. No tengo ningún problema con el grito de “puto”, probablemente me uniría a él si fuera a algún partido, pero es un hecho que la FIFA tenía razón, si acaso por las razones equivocadas.

En un célebre dictamen el juez de la Suprema Corte Estadounidense, Oliver Wendell Holmes, Jr., decía que existen límites a la libertad de expresión, “No puedes gritar falsamente “fuego” en un teatro lleno”, ponía como ejemplo.

Esta frase ha tenido mucho impacto en la política pública respecto a la libertad de expresión, para muchos, esta demuestra como la libertad de expresión debe ser limitada y controlada en pro del interés público. Bajo el mismo pensamiento, la FIFA consideraba correcto censurar los gritos de “puto”.

Sin embargo, yo comparto la opinión del economista Murray Rothbard al pensar que esto es un error.

En su ensayo, “Derechos Humanos como derechos de propiedad”, Rothbard postulaba (entre otras cosas) que el límite lógico para el ejercicio de un derecho depende del lugar donde uno se encuentre, toda tierra tiene dueño, y las personas que entren a la tierra propiedad de un tercero lo hacen bajo un acuerdo explícito o implícito de seguir las reglas impuestas por el dueño.

Aplicándolo al ejemplo, para entrar al teatro, las personas tienen que pagar un boleto, este es uno de los muchos términos impuestos por el dueño para poder acceder a su teatro, entre otros términos probablemente se encuentre la buena conducta, no gritar “fuego” cuando no existe uno.

De esta manera observamos que la verdadera razón para no gritar “fuego” falsamente en un teatro lleno es que, de hacerlo, se estarían violando los términos de entrada al teatro. Al mismo tiempo que se estaría arruinando la noche y los acuerdos con el dueño de todos los demás espectadores que esperaban ver la puesta en escena de Otelo, y terminaron por ser evacuados; infringiendo también, de esta forma, con sus derechos de propiedad.

Aplicando lo anterior al caso de la FIFA, es un hecho que los estadios, aún si no son de su propiedad, si son objeto de un contrato de uso entre sus dueños y la Federación, mismo en el que se pactan términos para su uso, y para la admisión del público al partido.

Por lo tanto, si la FIFA y sus socios deciden prohibir el grito de “puto” en sus eventos, es responsabilidad moral de todos el abstenerse de estas prácticas, de la misma forma que estamos de acuerdo de abstenernos de entrar a la cancha desnudos, o iniciar peleas en las gradas. La FIFA, tenía razón.

Sin embargo, al final la FIFA decidió hacerle caso al mercado y desistirse de sus deseos de censura. Algo que se me hace correcto, en mi opinión se estaban pasando de putos.